lunes, 24 de enero de 2011

Y el tiempo se paró - Capítulo VIII

Capítulo VIII

La primera vez que le vi, creí que había sido una ilusión óptica o una mala pasada de mi mente.

Estaba desayunando y, como hacía siempre, me puse a mirar por la ventana, tomando a sorbitos un café con leche. Mi hermana estaba sentada en el lado opuesto de la mesa, con los ojos aún medio cerrados y la cabeza ladeada. Ella siempre dice que, a esas horas, aunque su cuerpo está en la cocina, su cerebro sigue en la almohada. Yo era de las que al primer trago de café se despejan.

Por la ventana de nuestro antiguo piso se veían los tejados de otras casas, antenas de televisión, chimeneas y algún que otro gato; desde la ventana de la cocina de la mansión la estampa era bien distinta: había un grupo pequeño de árboles, una colina y pájaros volando de aquí para allá; aunque no era eso lo que me gustaba mirar: solía fijarme en el cielo que, aquel día era de un gris acerado, y en los jirones de nube, por los que se filtraban los rayos del sol, y que se iban deshaciendo a medida que avanzaba el día.

Miré de nuevo a mi hermana: seguía observando el batido de chocolate, con la cara apoyada en su puño, de tal manera que el carrillo hacía que se le cerrase el ojo izquierdo por completo.

Diana, estás dormida y como no te des vida no llegamos al instituto.− Dije usando mi voz de hermana mayor. Estábamos en octubre y mi querida hermanita seguía aún con el horario de verano.

¿Qué me dé vida? Esto no es vida, no te engañes.− Refunfuñó Diana con voz tomada.− Voy a poner la radio, a ver si me espabilo.

Se levantó torpemente y fue hacia la radio, se quedó mirándola unos segundos, como si no estuviera muy convencida de lo que era aquel aparato, luego cogió el cable, lo enchufó y dejó la emisora que estaba sintonizada. Sonó Something real de Renee Stahl. Cuando lo pienso… es como si fuera un aviso de lo que venía.

Mi hermana volvió a la mesa y alzó el vaso de batido con expresión resignada. Sonreí, tomé otro sorbo y me volví de nuevo hacia la ventana. Vi unos pájaros que se alejaban y desaparecían tras la colina, fue entonces cuando un reflejo en el vidrio llamó mi atención: Un chico joven me observaba, parecía triste, pero al notar que yo le miraba, su expresión se tornó en asombro. Tardé unos segundos en reaccionar, parpadeé y miré hacia la cocina, pero allí no había ningún chico que pudiera reflejarse; Miré de nuevo el cristal y vi que ya no había ni rastro de nubes y, por supuesto, tampoco había un chico mirándome.

¿Qué pasa?− Preguntó Diana.

Terminé de un trago lo que me quedaba de café.

Nada.− Respondí, mientras pensaba en la cantidad de bobadas que se me llegaban a ocurrir.

La canción concluyó al tiempo que yo salía de la cocina.

Esa fue la primera vez que vi a Guillermo Bermejo.

6 comentarios:

  1. y? qué pasa después? Jolines que me dejas como si fuese a chupar un chupachups y alguien me lo quitara de la mano. Me sigue gustado mucho e intrigando. Recordaré bien el nombre de Bernardo.

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  2. Soy así de mala!!! jajaja. Pero ¿Quién es Bernardo? 8O
    Ella ve a Guillermo Bermejo, es decir, quien escribiera el diario allá por el siglo XIX.

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  3. Gracias!!!
    Me ha encantado la forma de contar cómo le ve; cualquiera en su lugar pensaría lo mismo: que veía visiones! Y por lo visto él no esperaba que ella pudiera verle... Muy inetresante el capi!!!
    Sí, siempre lo dejas en lo mejor!!! jajjaja
    Un beso!!!

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  4. Gracias por tus palabras.
    Sí, Amaia es una persona tremendamente racional y, ni en las circunstancias que están viviendo llegaría a creer en fantasmas, pero claro...
    El relato está muy próximo a su fin, ya os digo.
    Bueno, un besazo!

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  5. I'm sorry...oeps, oeps no se quien es Bernardo y tampoco conozco a ninguno, rima con Fernando, eso es todo....me refería a Guillermo Bermejo, claro pero metí la patita.

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  6. Tranquila, yo soy experta en cambiarle los nombres a la gente. Y rima con Fernando!! A eso le llamo yo un atenuante! jajaja.
    Un beso!

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