jueves, 29 de julio de 2010

Capítulo XLVIII



CAPÍTULO XLVIII

Fernando Solís ha muerto.− Comentó con una sonrisa de oreja a oreja, mientras mostraba eufórico unos papeles.− Uy, y por lo que veo Alicia Peña también, lo que son las cosas…

Alicia le miraba desde la cama con expresión divertida.

Anda, dame el mío, quiero saber cual es mi nuevo nombre.− Pidió, al tiempo que alargaba el brazo para coger el documento.

Habían pasado dos semanas desde que llegaron a Francia y por fin estaban en París. El médico había insistido en posponer el viaje para no agotar a Alicia, pero el día anterior, por fin les habían trasladado a un humilde piso en París, el mismo en el que Fernando había estado viviendo el último año. Aquella mañana, él había ido a recoger los papeles que les acreditaban a ambos como ciudadanos franceses de origen español.

Fernando Fombellida Medina.− Leyó en voz alta con los ojos fijos en el documento.− Me gusta, creo que el primer apellido proviene de Cantabria.

Alicia Vega Ibáñez.− Leyó ella aún recostada en la cama por prescripción médica.− No sé si me acostumbraré.

Claro que sí, date cuenta que nadie te llama Alicia Peña, te llaman Alicia a secas, los cambios de nombre suelen dar más problemas, pero en este caso sólo han variado nuestros apellidos.− Razonó Fernando sentándose junto a ella en la cama.

Ya.− Admitió, abstraída.

¿Ocurre algo?− Preguntó él, acariciando la mejilla de Alicia.

− Es que… Quiero ir a ver al marido de Andrea cuanto antes, tengo que entregarle la carta.− Contestó, apesadumbrada.

El médico ha dicho que no hagas esfuerzos, la herida está cicatrizando aún.− Sentenció Fernando al tiempo que se levantaba de la cama.− Ahora te traigo la comida.

¡Fernando!

¿Qué?

Se trata de entregar una carta, no de escalar el monte Everest, no se me va a abrir la herida por eso.− Objetó Alicia que empezaba estar cansada de tanto reposo y cuidados. Ella no se había arriesgado para pasar los primeros días en Francia como un vegetal; quería recuperar el tiempo perdido, quería disfrutar de la libertad, disfrutar de Fernando y, por estúpida que fuese la idea, estaba obsesionada con tomar un café en una terraza del bulevar Saint Germain, como en la carta de Fernando.

De acuerdo.− Concedió él.− Iremos después de comer ¿satisfecha?

No es la palabra más indicada, pero sí.

Comieron en la habitación. Alicia se sorprendió de lo poco romántica que resultaba la escena después de que él le hubiera llevado todos los días el desayuno, la comida y la cena a la cama. Estaba deseosa por salir, notar la brisa en la cara y pasear del brazo de Fernando; él, por su parte, seguía nervioso por la herida de Alicia, aún sabiendo que el peligro ya era sólo un recuerdo; muy vivo, sí, pero recuerdo al fin y al cabo.

Nada más cruzar la puerta, el viento, suave y helador, les rodeó. Ambos notaron como un escalofrío les recorría la espalda, pero no tenía nada que ver con la sensación térmica, era algo que iba más allá: La certeza de que habían sobrevivido, de que la vida seguía y debían vivirla y pelearla. Lo decía el aire, los desnudos árboles y el suelo empapado y tenían la sensación de muy poca gente era capaz de intuir esos mensajes secretos. Se sonrieron y se besaron, mientras caminaban hacia la casa de Antonio.

Deberíamos escribir una carta a Álvaro.− Dijo Fernando de pronto, mientras pasaban junto a un grupo de niños.

Sí, lo sé, pero… no sé como escribirle sin que resulte una carta vacía y sin que nos comprometa; ni a nosotros, ni a él.− Reconoció Alicia, que llevaba acariciando la idea de ponerse en contacto con Álvaro desde que habían llegado a Francia.

No te preocupes, esta tarde lo haremos.− Dijo Fernando.

Pararon junto a un portal, la puerta, pese al frío, estaba entreabierta. Los dos subieron las escaleras en las que reinaba tal silencio que cada paso producía un eco propio de las casas deshabitadas. Al fin, llegaron junto a la puerta indicada, los dos intercambiaron una mirada sombría, mientras Alicia metía la mano en el bolsillo y palpaba el sobre.

Fernando llamó a la puerta y, al poco rato, un hombre de mirada apagada abrió. Era Antonio.

Buenas tardes. ¿Es usted Antonio, el… bueno, el marido de Andrea?− Dijo Alicia casi tartamudeando. No sabía cómo dirigirse a alguien que acababa de perder a su mujer, pero recordando la muerte de su padre, supo que cualquier consuelo sonaba vacuo en esas situaciones, así que se abstuvo de decir un “Te acompaño en el sentimiento”, en esos momentos las frases hechas eran sólo eso, frases hechas.

Tengo algo que

Pasad.− Dijo Antonio con voz tomada.

Fernando y Alicia cruzaron el umbral y pasaron al cuarto de estar, era una estancia normal, pero la tristeza era algo tangible en esa sala. Un niño de unos trece años estaba sentado en una silla, mirando un álbum de fotos.

Liberto, venga, deja eso, hijo, ve a tu cuarto y ponte a leer.

El niño no discutió, cerró el álbum, lo dejó en una estantería y salió de la habitación en silencio. Antonio permaneció con los ojos fijos en la puerta durante unos segundos y luego murmuró:

No es bueno que se pase los días mirando sus fotografías.

Fernando y Alicia cruzaron una mirada, sin saber muy bien como plantear el motivo de su visita.

No lo habríamos logrado sin ella; Sé que no es un consuelo, pero es importante que lo sepas y él también debería saberlo.− Dijo Fernando, señalando con la barbilla la puerta que acababa de cruzar Liberto.− Andrea fue una mujer muy valiente y generosa.

Lo sé, pero gracias. Ella me habló de ti, le salvaste la vida cuando fue a España por el entierro de su madre. Te valoraba mucho.− Respondió Antonio.

Fernando notó cómo se le humedecían los ojos y asió la mano de Alicia.

Andrea me hizo prometer algo.− Intervino ella.− Cuando viajábamos en la camioneta, le prometí que si algo le sucedía, te entregaría a ti esta carta.− Relató mientras sacaba del bolsillo el sobre y se lo tendía a Antonio.

La expresión de Antonio se transformó en sorpresa al ver el sobre. Lo cogió con manos temblorosas y se dispuso a abrirlo mientras Alicia y Fernando ya se iban. Entonces ella se dio la vuelta y aguantando las lágrimas, balbuceó:

Nunca podré decirte lo que tu mujer hizo por mí… No hay palabras. Siento mucho lo que ha pasado, de todo corazón.

Antonio dejó la carta en la mesa y abrazó a Alicia. Mientras murmuraba un trémulo “Gracias”.

Alicia y Fernando salieron de la casa y pusieron rumbo al piso, ambos tuvieron que reconocer que estaban cansados, pero no por la caminata, sino por las emociones vividas esa tarde. Para cuando ellos llegaron, Antonio ya había leído la carta ocho veces, parando para llorar, para reír, para respirar, mientras los recuerdos iban y venían. Cuando Libertó oyó a su padre llorar, corrió al salón y al reconocer la letra de su madre en aquellas cuartillas, le arrebató la carta de las manos; Al terminar de leerla, se secó las lágrimas y se abrazó a su padre.

La echo de menos, papá.− Confesó aquel niño que acababa de abandonar su infancia en algún lugar entre el cuarto de estar y el pasillo.

Yo también, hijo mío, yo también.− Musitó Antonio.

4 comentarios:

  1. Ayyyyyyyyyyyyy que bonito!!!!! Me gustan los nuevos apellidos :D Ya era hora de que pudiesen estar tranquilos y bromeando! El encuentro con Antonio... Ufffff pobrecillos él y Liberto.
    Una vez más, gracias por seguir!

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  2. Gracias, NoA!
    Me alegro de que te gusten los apellidos, son un guiño, la verdad.
    El encuentro con Antonio era obligado.
    Un beso... el siguiente capítulo ya será el último, me temo.

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  3. SLAYER, AL FIN llegan bien!!!!
    ME ha encantado!! Menos mal, estaba temiendo por aLicia y su herida de bala.
    TE he dejado un comentario mas extenso en otro sitio ;), veo que vamos a coincidir muuucho!

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  4. Gracias por el comentario, María.
    Me alegro de que te haya gustado, queda uno más, en el cual, entre otras cosas sabremos algo de Álvaro.
    Un beso, estoy deseando leer más de tu relato!!

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