sábado, 5 de junio de 2010

Capítulo XL


CAPÍTULO XL

¿Qué te ha dicho el enlace?− Preguntó Andrea. Su voz era serena, pero su rostro denotaba tensión.

Al parecer, no sospecha nada.− Respondió Fisco, meditabundo, mientras se frotaba la barbilla con la mano izquierda.

Se tragó el anzuelo, entonces.− Suspiró Andrea, aliviada; Luego miró a Fisco y dijo.− ¿Crees que está fingiendo?

No, no.− Contestó Fisco y parpadeó un par de veces.− Perdona, no es eso, es que… no entiendo por qué Charles ha querido que haya un intermediario entre Santi, el camarada que habló con el topo, y yo. ¿No se supone que contará con protección? ¿Por qué le tratáis ya como a un agente quemado?

Es por seguridad, la suya y la tuya. No sabemos si habrá ordenado que sigan a ese hombre, por eso tampoco hemos avisado al resto de camaradas, todos deben permanecer con su rutina habitual, sino empezaría a sospechar.− Explicó ella, casi susurrando.− Todos los que han entrado en contacto con él tienen órdenes de desaparecer el día de la misión, la mayoría serán sacados fuera de España en unas semanas, poco después de que nosotros lleguemos a Francia si…

Si todo va bien.− Concluyó Fisco.

Andrea inconscientemente introdujo la mano en un bolsillo interior de la chaqueta y palpó un papel.

Esperemos que sí.− Murmuró ella, mientras sacaba la mano del bolsillo.

¿Qué le ha dicho acerca de la estrategia?

¿No te lo ha contado Charles?− Se extrañó Fisco.

Últimamente no hemos tenido mucho tiempo para hablar, se ha encerrado en la habitación; es su modo de concentrarse, imagino… él es el experto en el doble juego, si lo ha ideado él, estará bien.− Comentó Andrea.

La idea es buena: Cree que vamos a usar una bomba… se espera un ataque espectacular y directo, sin cebos ni nada por el estilo, ojalá lo de los panfletos no le haga sospechar.

No creo. No son tantos como para que piense que forma parte de una trama. Seguramente lo achaque a miembros del partido que están en España, pero que nada tienen que ver con Fernando.− Explicó ella, aunque sin mucho convencimiento. Tenía ese mismo temor, pero expresarlo en voz alta era admitir su existencia y no estaba dispuesta a perder la fe a las puertas de la misión.

No me puedo creer que mañana sea el día

Yo estoy deseando que llegue el momento de actuar. Odio esperar. En fin… será mejor que vayamos a dormir.

Fisco asintió y cada uno fue a una habitación.

Un insomnio silencioso tenía lugar en otro lugar de la ciudad.

Alicia daba vueltas en la cama, mirando el reloj cada poco tiempo, con el temor de haberse dormido, pero no… el tiempo iba tan lento que llegó a pensar que el despertador estaba roto. Cada vez que giraba, un pequeño gemido de angustia brotaba en su garganta. “¿Cómo hemos llegado aquí?”− Se lo había preguntado muchas veces durante los últimos días, pero en ese momento, a escasas horas de entrar en acción, la pregunta era inevitable y terrorífica. Era imposible saber qué acciones habían desencadenado esa situación: Fernando, encarcelado, ella, enrolada en una misión de rescate y, lo más sorprendente, Álvaro participando también en dicha misión. “Es de locos”.− Pensaba.

En una habitación contigua, Álvaro miraba al techo fijamente, estaba muy quieto, aunque su mente bullía de actividad. Los temores tenían forma y no era nada halagüeña. “¿Qué será de Pedrito si me muero? ¿Y de mi madre? ¿Tomarán represalias contra ellos? Dios mío, que todo salga bien.”

Pero por lento que pase el tiempo, su paso es inexorable y llegó el amanecer del día que definiría el futuro de siete personas. Álvaro y Alicia tomaron un café rápido y se sentaron en el sillón frente a un reloj; apenas hablaron. Ambos estaban más pálidos de lo habitual y su rostro parecía más bien una máscara de cera. Sentían un sudor frío en la cara.

Cuando llegó el momento se miraron y fueron hacia el pasillo, Álvaro puso las cuartillas en las maletas, una de ellas estaba a la mitad; subieron a la azotea y saltaron juntos los muros; hacía días que no se veía a ningún policía en esa calle, pero era mejor prevenir.

Él cargó con la maleta más pesada y Alicia se hizo con la otra, hasta que llegaron a la calle indicada. Echaron un vistazo, no se veía un alma. Había cuatro o cinco coches aparcados junto a un edificio y con movimientos imperceptibles colaron unas cuantas octavillas debajo de los automóviles.

Luego cogieron los tacos que sobraban y los lanzaron de golpe. Cerraron las maletas y echaron a andar. Una ráfaga de viento había levantado las octavillas, impidiendo que estas tocaran suelo. Los papeles describían espirales en el cielo, cuando de repente, un hombre bajito, rechoncho y trajeado surgió de la esquina más cercana a ellos, se quedó mirando los papeles y su rostro se transformó en una expresión de terror; Luego les miró a ellos.

¡Creo que los han tirado desde el edificio!− Mintió Álvaro con un deje de pánico y sorpresa que sonó convincente.

Será mejor que nos movamos, para que nadie nos relacione con esto.− Recomendó el otro hombre que, al parecer, ni siquiera había pensado que las octavillas hubieran sido lanzadas desde tierra. Era comprensible, estas volaban de un lado a otro de la calle y tras unos segundos, era imposible decir cual había sido el foco.

Álvaro y Alicia se alejaron de allí a buen paso, sentían hielo en la espalda y en las manos, pese a llevar guantes. Alicia sonrió a Álvaro y él la agarró de la mano. Su parte estaba hecha. Ahora sólo tenían que volver al piso. Repitieron la misma operación y saltaron los muros, Alicia se sorprendió pensando en lo mucho que odiaba hacer eso… hacía escasas horas un pensamiento tan trivial no hubiese tenido cabida en su mente.

Entraron en el piso y automáticamente ella miró su reloj de pulsera. Aún faltaban treinta y siete minutos para que tuviera que salir de allí. Álvaro fue hacia uno de los sillones y se dejó caer como si acabara de correr la maratón.

Ah, jamás pensé que se podría aguantar tanta tensión.− Murmuró.

¿Aguantar la tensión? Has hecho más que eso. Cuando ha aparecido ese hombre yo me he quedado bloqueada, ya creí que nos pillaban, pero tú…− Exclamó Alicia que seguía de pie y estaba demasiado excitada como para permanecer sentada hasta que llegara el momento de irse.− Has estado fantástico.

Álvaro sonrió, pese a la angustia que aún sentía.

Será mejor que guarde las maletas en lo alto del armario.− Decidió.

Yo voy a beber un poco de agua, tengo la garganta seca.

Mientras iba hacia la cocina Alicia sintió nostalgia, una nostalgia parecida a la que había sentido en el piso franco, con Fernando. Esas, probablemente, serían las últimas cosas que ella haría en España: beber un vaso de agua, caminar de una habitación a otra, andar por sus calles… Sonrió; iba a echar de menos muchas cosas, empezando por Álvaro, pasando por la gente del Asturiano, también su prima Matilde, a la que hacía meses que no veía, y cosas más pequeñas, como pasear por el Retiro, comer barquillos, visitar el Prado, que la dejó fascinada, hasta los fríos pasillos de la facultad se le antojaban ahora cálidos y entrañables.

Alicia.− Álvaro estaba apoyado en el quicio de la puerta y la miraba preocupado.− ¿Estás bien?

.− Respondió mientras dejaba el vaso vacío en el fregadero.− Estaba pensando en lo que dejo atrás.

Álvaro adquirió una expresión extraña, una mezcla de melancolía y ternura. Una media sonrisa se le dibujo en la cara, mientras apartaba la vista de Alicia y la fijaba en el suelo.

Yo echaría de menos el Retiro. Seguro que hay parques bonitos en París, pero me gusta, qué le voy a hacer.− Comentó Álvaro con aire soñador.

Ella se limitó a sonreírle. Luego se acercó y le dio un abrazo.

Intentaré escribirte sin comprometerte.− Susurró, con la cabeza apoyada en su hombro.

Te tomo la palabra.− Bromeó él.

Ella se apartó bruscamente y le miró con seriedad, como si acabara de acordarse de algo y entonces dijo:

Tendrás que denunciarme. Por abandono del hogar. Tendrás que hacerlo… hazlo tres días después de que me haya ido, supongo que ya estaremos lo suficientemente lejos.− Razonó.

Álvaro la miró asustado, pero tras unos segundos accedió a la petición, asintiendo con la cabeza.

Lejos de allí, tenía lugar una escena bien distinta: Andrea estaba en un sótano con dos hombres semi desnudos, ambos estaban amordazados y maniatados, espalda contra espalda; ella estaba a su lado, sin hacer un solo movimiento y con la mano extendida sostenía un revólver con el que los apuntaba. A pocos metros del edificio de Puerta del Sol, Fisco y Charles iban en un coche negro muy elegante, ambos llevaban indumentaria militar y portaban un genuino permiso de traslado para un preso: Fernando Solís. Salieron del coche y entraron en la comisaría. Fisco, con voz autoritaria, se dirigió al primer guardia que vio.

Queremos ver al inspector Mendoza.

El guardia les miraba entre aturdido y acobardado; Al ver que no se movía, Fisco añadió:

Ya.

El guardia se fue de allí con prisas y al rato volvió con un hombre bajito que parecía interrogar al guardia mientras andaban.

Buenos días, traemos un permiso para llevarnos al detenido Fernando Solís.− Dijo Fisco de corrido, mientras le mostraba una hoja de papel mecanografiada con un sello impreso en tinta azul y una rúbrica ininteligible.

Mendoza sostuvo el documento y sus ojos pasaron de renglón en renglón con rapidez.

Parece que está todo en orden.− Charles levantó la ceja como si se sintiera ofendido, Fisco, en cambio, ignoró el comentario.− Pensé que vendríais más, es un hombre peligroso y gracias a mí sabemos que están urdiendo un plan para liberarle.

Somos justo los que tenemos que ser, no pretenda darnos lecciones, si fuéramos una comitiva llamaríamos más la atención, ¿no cree?− Le cortó Fisco; Mendoza se mordió el labio, azorado.

Pero ¿qué van a hacer con respecto a la misión que se traen entre manos?

Eso es asunto suyo, nosotros sólo hemos venido a trasladar a Solís, mañana tiene que comparecer en un tribunal. Además, no tardaremos en ejecutarle…− Y dibujó una sonrisa cruel mientras decía esto.− Muerto el perro, se acabó la rabia.

Ya, ya.− Murmuró Mendoza.

Permanecieron unos segundos en silencio hasta que Fisco soltó:

Si no le importa, tenemos prisa.

Por supuesto, por supuesto.− Dijo Mendoza con docilidad. Se volvió hacia el guardia y ordenó.− Tráigale aquí, ¡esposado!

Esperaron unos minutos que parecieron horas y, al cabo de un rato, el guardia reapareció agarrando a Fernando por la camisa, como si sintiera asco.

Fisco se acercó y tomó a Fernando por el brazo de muy malos modos. Ya lo estaban arrastrando hacia el coche cuando Mendoza, agitando el documento, gritó:

¡Esperen! ¿Podré interrogarle de nuevo? Me sería muy útil para poder capturar a sus… amigos.

Asqueroso hijo de p…− Murmuró Fernando en un tono de voz perfectamente audible.

Inspector, eso no tiene que hablarlo con nosotros, no nos haga perder más el tiempo.− Lo atajó Fisco con cierto cabreo.− Y tú, para el coche, que no tengo todo el día.

Se volvieron de nuevo y metieron a Fernando en el automóvil. Este ni siquiera les había mirado y cuando llevaban varios metros conducidos, levantó por fin la vista. Fernando no pudo reprimir un grito cuando vio la cara de uno de sus “captores”.

¡¡Fisco!! ¿Pero qué…?− Tenía la voz tomada y ronca. Parecía débil, pero su expresión denotaba una alegría que le hizo rejuvenecer de golpe.

Creía que la celda te había afectado a la vista, camarada.− Bromeó el aludido.

Fernando se limitó a mirarlo como si fuera el primer ser humano que veía en años.

Tengo que decir que me preocupó, temía que me reconocieses y no pudieses disimular la sorpresa.− Continuó Fisco.− Se habría liado una buena con el simpático de Mendoza.

Fernando soltó una carcajada. Aún no podía creer que estuviese fuera, había sido tan fácil que no podía evitar sentir que algo iba mal.

Pero… tenemos que prepararnos, en breve llegarán a comisaría los auténticos militares y se olerán el pastel… habéis tenido suerte, ha habido no sé qué lío y muchos de los policías están fuera del edificio; Por cierto, ¿cómo habéis conseguido una falsificación tan buena del permiso de traslado?− Soltó Fernando. Tenía tantas preguntas qué hacer que sentía que estaba punto de explotar.

A ver, vayamos por partes: No tenemos que prepararnos, no para eso, al menos. Los verdaderos militares, en caso de llegar hasta la comisaría, algo que dudo mucho que vaya a suceder, llegarían en paños menores. Lo segundo, no hemos tenido suerte, hemos tenido ayuda de dos camaradas, digamos… imprevistos. Y lo tercero, no hemos conseguido ninguna falsificación, hemos obtenido el documento original ¿con quién crees que estás tratando?− Explicó Fisco con algo de chulería.

Fernando le miró y luego miró a Charles como esperando ver algún gesto que le indicara donde estaba el truco. Charles, que había permanecido en silencio hasta ese momento, habló:

Una antigua amiga tuya es la artífice de todo esto, aunque yo también he hecho algo.− Comentó con orgullo.− Supongo que te acordarás de Andrea.

El corazón de Fernando se inundó de calor y gratitud a partes iguales.

Ella y su marido consiguieron que saliera adelante la misión. Eh, yo soy Charles, un viejo amigo de Antonio.

Fernando le dedicó una amplia sonrisa, mientras le daba un fuerte apretón, pero enseguida volvió a centrar su atención en Fisco.

Bueno, sigue contándome. ¿Dónde están los militares? ¿Los habéis eliminado o los tenéis retenidos?

Están vivos, asustados, me imagino, pero vivos, están muy verdes… Ahora nos toca cambiar de transporte.− Dijo Fisco que había metido el coche en un callejón oscuro y sórdido.

Salieron del auto, había comenzado a llover y encogidos fueron hacia una camioneta sucísima y desvencijada. Fernando la miró, dudando que arrancara siquiera, pero Fisco debió de adivinar sus pensamientos porque dijo:

No te preocupes, el motor es nuevo, no nos dará problemas.

Los tres subieron al remolque, cubierto por una lona negra en la que la lluvia repiqueteaba con un sonido sordo. Allí les esperaban ropas limpias y modestas. Tiraron los atuendos militares y la ropa de Fernando en el asiento de atrás del coche y subieron a la camioneta.

Charles se colocó de piloto y Fernando y Fisco se quedaron en el remolque. Sin mediar palabra, Fisco sacó un alambre y, tras varios intentos, logró liberar las manos de Fernando de las esposas. Estaba a punto de tirarlas cuando Fernando dijo:

Espera, dámelas. Pueden ser de utilidad.

Tú siempre maquinando algo.

Pues el plan que habéis urdido no es como para echarme en cara eso, precisamente… es tan bueno que podría ser mío.

− ¡Qué modesto has sido siempre!− Dijo Fisco con sarcasmo.

De pronto la camioneta frenó, la lona se abrió y, de un saltó, entró una empapada Andrea Robles. La camioneta arrancó de nuevo. Fernando y ella se miraron y se dieron un fuerte abrazo. Él intentó susurrarle “gracias” al oído, pero no fue capaz, la emoción lo había dejado mudo.

Vaya, menuda está cayendo.− Comentó, refiriéndose a la lluvia que había empezado a caer con más fuerza. − ¿Cómo te encuentras?− Preguntó, dirigiéndose a Fernando.− ¿Cómo ha ido todo?− Inquirió, volviéndose hacia Fisco.

No me quejo.− Respondió Fernando con una media sonrisa.

Las cosas han ido bien.− Contestó Fisco.− ¿Y tus “niños”?

Siguen en el sótano. Dentro de tres días alguien llamará a una comisaría e informará de su situación.− Resopló Andrea que parecía exhausta.

Tras varios minutos, la camioneta frenó de nuevo y oyeron a Charles hablando con alguien, al momento, la lona volvió a abrirse.

Una silueta menuda se subió al remolque y cerró la lona de nuevo. La camioneta arrancó otra vez y Alicia, que estaba aún más mojada que Andrea, se sentó lentamente, tambaleándose. Sólo se oía el ruido del motor y de la lluvia contra la lona, mientras las miradas de Fernando y de Alicia se perdían en los ojos del otro.

6 comentarios:

  1. Ayyyyyyyyyyyyyyyy gracias!!!!! Uffffffffff que capitulazo!!!!! Tengo tantas cosas que comentar que... jajjajaj
    Me gusta mucho el Álvaro de tu relato; es mejor que en la serie ;) Y esa última conversación con Ali...
    El rescate espectacular!!! Me gusta que no hayas recurrido a las bombas ni a nada tan "grande"; pero a la vez es perfecto! Joer, pedazo misión!!! El reencuentro de Fisco y Fernando muy gracioso e irónico, lleva la marca "Fer" :D. Y cuando sabe que todo es gracias a Andrea... :D Genial, simplemente genial!
    Para la última frase no hay palabras! Tengo ganas ya del siguiente capítulo; aunque con tanta gente alrededor se lo dirán todo con los ojos; siempre fueron capaces de mirarse y expresar lo que sentían :D
    Una vez más, mil gracias!!! Ya podían haber copiado de ti los guionistas!!! Un beso!

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  2. Gracias, NoA!!
    Me alegro de que te haya gustado, a pesar de lo largo que me ha quedado...
    Ya echaba de menos escribir a Fer, la verdad.
    Y en cuento a Ali y Fer... digamos que el romanticismo tendrá que esperar, pero no voy a explicar el porqué, jeje, ya lo veréis en el próximo capi.
    Un beso enorme!!!

    AH!! Y me encanta tu nuevo vídeo, es genial!

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  3. MUY BIEN, SLAYER!!
    TE confieso que he respirado hondo cuando Fernando ha salido de allí, aunque no he podido evitar sentirme triste por la despedida de los Iniesta. ÁLvaro es todo un caballero, lo encaja con deportividad, está roto por dentro, pero mantiene el tipo.
    Buaaaaaaaaahhhhhhhhh!!!!!!!!!!

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  4. Gracias, María, estaba deseando conocer tu opinión.
    Ellos ya se habían despedido, Álvaro sabía (el Álvaro de mi relato, vamos), incluso antes que Alicia, que todo esto iba a pasar.
    No serán las últimas noticias que tengamos de este personaje, por cierto.
    Y sí, Fernando ya está fuera, pero claro, ahora queda la huída...
    Un beso, wapa!!!

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  5. Uy, pues yo creía que la parte 'ÁLvaro' estaba cerrada. Veo que no.
    POr cierto, que en mi relato aún queda un recordatorio a Fernando (más o menos).

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  6. Digamos que el personaje no volverá a aparecer, pero sabremos algunas cosas de él en adelante. De cualquier manera, va a estar presente en una serie de capítulos, y se va a acordar (y preocupar) de él un personaje importante.

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