viernes, 22 de enero de 2010

Capítulo XXII


CAPÍTULO XXII

Tropezaba con sus propios pies, a causa de su paso ligero y el temblor de piernas que tenía desde que había doblado la esquina. Notaba como varias gotitas de sudor frío le recorrían la espalda y sentía la boca seca, casi acartonada. Su corazón golpeaba su pecho con violencia y su respiración era casi frenética. Le urgía llegar pronto al piso, comunicarle a Charles toda la información que había conseguido. Cuando llegó a unas tres calles de la cafetería en la que había sido testigo de una diarrea verbal sin precedentes, decidió tomar un taxi.

Una vez en el asiento, se le normalizó la respiración, pero no podía evitar estirarse los dedos de una mano con la otra para liberar la tensión acumulada. El taxista la miró a través del espejo retrovisor y cacareó con voz alegre:

¿Va a ver a su novio, eh? No se ponga nerviosa, está usted muy guapa.

Andrea le miró sin comprender durante medio segundo, pero después le dedicó una sonrisa cómplice, que el taxista le devolvió, satisfecho.

Paró a varias calles de distancia del piso, pagó al taxista, que le guiñó un ojo al bajarse del auto, y se puso en marcha. Cuando estaba hacia la mitad de la calle, a punto de llegar al portal, escuchó una voz conocida.

Que no, padre, que le digo yo a usted que no, que el listo este quiere timarnos. ¿Cuándo se ha visto que el vino blanco, que mira que es soso, además, tenga esos precios? ¡Si es que además no lo pide nadie!

Marcelino, hijo, que llevo más años que tú

Usted lo ha dicho, padre, lleva más años, a lo mejor es por eso que le falla la memoria.

Ella miró a su alrededor, pero no había lugar en el que ocultarse y en ese momento, Marcelino Gómez cruzó la mirada con la mujer que se había quedado inmóvil en mitad de la calle, y una expresión de sorpresa surcó el rostro del tabernero. Andrea sólo atinó a negar con la cabeza de manera casi imperceptible, pero él debió captarlo, porque retomó la discusión que mantenía con su padre y ni siquiera se acercó a ella. Por suerte, Pelayo, que iba mirando al suelo, no se percató de lo sucedido.

Andrea siguió su camino, sabiendo que tarde o temprano tendría que darle una explicación a su viejo amigo. Entró en el portal con apariencia tranquila y, a pesar de que hubiese preferido subir las escaleras de dos en dos, caminó pausada y sigilosamente. Entró en el piso y buscó a Charles. Aún no había llegado, así que dejó las gafas doradas encima de la mesa, se quitó la peluca castaña y se masajeó la cabeza, en un intento por relajarse. Esperó con impaciencia el regreso de Charles, mientras rememoraba su charla con el guardia.

Al cabo de una hora, Charles entraba por la puerta con una sonrisa.

Tenemos más apoyos de los que pensé en un principio.− Anunció Charles a modo de saludo, pero al ver el pálido rostro de Andrea, preguntó.− ¿Qué ha ocurrido? ¿No ha ido bien tu plan?

Andrea no parecía haber asimilado aún lo sucedido.

Ni siquiera he podido llevarlo a cabo.− Respondió con voz ausente.

¿Por qué? ¿Sospechaban algo? Eso es imposible.− Razonó Charles con semblante preocupado.

No, no me he explicado bien: No ha hecho falta que pusiera en marcha mi plan, no he tenido que dármelas de mujer fatal. Me ha dicho lo que quería saber y más… simplemente porque necesitaba desahogarse.− Dijo Andrea más para sí misma que para Charles. Entonces comenzó a reír.

¡Calla! ¿Qué ha pasado?− Preguntó Charles que estaba cada vez más desconcertado.

Pues al parecer el guardia con el que me he encontrado no se lleva bien con su jefe y hace poco tuvieron una riña, ya entraré en detalles luego, el caso es que el hombre estaba tan indignado y tiene tan pocas luces… que me ha contado lo que sucede ahí dentro con pelos y señales, sin que yo haya tenido que hacer nada, sólo me acerqué a él, le pregunté qué le pasaba, porque parecía agobiado… ¡y lo siguiente fue un monólogo!− Explicó Andrea, aún extrañada por su suerte.

Charles la miró con los ojos muy abiertos y preguntó con incredulidad:

¿Una riña con su superior nos ha favorecido a nosotros? Funny.− Dijo mirando a un lateral, con una media sonrisa, disfrutando de la ironía de todo aquello.

No es sólo su superior, también es el topo. El hombre que se infiltró y delató a varios camaradas. Aunque sólo tengo un nombre: Mendoza.− Sentenció Andrea en voz muy baja.

Charles abrió la boca y al rato preguntó con sorna:

¿Sólo?

Ella comenzó a relatarle todo lo que había escuchado de boca aquel guardia. Charles hacía breves interrupciones, por lo insólito de todo aquello. Cuando terminó, él decidió ponerse en contacto con la organización para alertar sobre el topo y conseguir más información sobre ese hombre.

¿Crees que conseguiremos algo? ¿No es muy arriesgado comunicarse ahora con ellos?

Tengo contactos de plena confianza, no te preocupes, hay rutas seguras aún, simplemente hay que evitar a determinados enlaces sospechosos.

No me preocupo, confío en ti.− Respondió Andrea.

Charles sonrió con tristeza y dijo:

Debemos sacar a Fernando de ahí cuanto antes.

Lo sé.− Contestó Andrea nerviosa, recordando que, según el guardia, Fernando había intentado suicidarse.− Está siendo sometido a una gran presión. Pero creo que sé como podemos sacarlo de allí, he visto algo…

Charles la miró sorprendido.

Debo trazar bien el plan, pero creo que ya tengo la clave. Ah, más tarde debo ir a arreglar un asunto, ya te contaré.− Continuó ella.

Andrea ocupó lo que quedaba del día en pensar estrategias para liberar a Fernando, aunque ya tenía un punto claro del que partir. Cuando oscureció, cambio su ropa por un vestido gris muy humilde, se ató un pañuelo a la cabeza y salió del piso rumbo al Asturiano. Al llegar, vio que el bar parecía cerrado, pero aún así, llamó a la puerta débil pero insistentemente. Marcelino abrió, dejando sólo espacio para asomar la cabeza.

¿Puedo pasar?− Preguntó Andrea en voz baja.

¿Ocurre algo?− Preguntó una voz femenina desde el interior del bar.

Andrea estaba a punto de darse la vuelta, cuando Marcelino la agarró del brazo y casi susurrando dijo:

Entra, es de confianza.

El establecimiento estaba en penumbra, pues Marcelino había apagado todas las luces y sólo la farola de la calle, cuya luz se colaba por entre los tablones que Marce solía poner en las ventanas al cerrar, proporcionaba algo de claridad al lugar.

Al principio sólo vio una silueta sentada en la mesa más alejada de la puerta, pero cuando sus ojos se acostumbraron a esa semi oscuridad, Andrea distinguió a una chica joven, morena y con ojos llorosos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario