viernes, 1 de enero de 2010

Capítulo XX

CAPÍTULO XX

El aire desaparecía mientras notaba la presión del cinturón en su garganta, le temblaban las piernas y sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. Poco a poco, el mundo se fue oscureciendo y se llenó de vacío: no veía nada, no sentía nada, ni siquiera la presencia del cinturón apretando su cuello, no oía nada. “Ya llega”, pensó con alivio.

Entonces notó como la presión del cinturón variaba, se aflojaba y notó su cuerpo de nuevo; cayó al suelo, el aire inundó sus pulmones, sus sentidos se reactivaron, podía notar el frío suelo en su mejilla, podía ver dos pares de piernas ir de un lado para otro y podía oír los gritos de Mendoza y los lamentos de un guardia. La muerte no había llegado, para bien o para mal, Fernando era un superviviente.

¡¡Te dije que le quitaras el cinturón!!− Bramó Mendoza.

No tenía.− Balbuceó un guardia paliducho con una incipiente barriga.

No tenía.− Repitió Mendoza con sorna.− Y ¿no se te ocurrió que tal vez lo había escondido en alguna parte de la celda?− Preguntó con furia.

Apenas le dejamos solo, no tuvo tiempo de…− Comenzó a justificarse el guardia.

¡¡¡Pues ya ves que sí tuvo tiempo!!!− Rugió Mendoza que parecía fuera de sí.

Entonces miró a Fernando, que permanecía en el suelo.

Llama a un médico, sólo falta que se muera antes de que le fusilemos.− Ordenó al guardia.

Mendoza se quedó mirando a Fernando, sin decir una palabra, sin hacer nada, y él continuó en el suelo, con los ojos medio abiertos observando la celda con una nota de tristeza en su mirada. Al cabo de veinte minutos se presentó el guardia; el doctor le seguía.

Era un hombre bajito con cabello canoso y ojos grises. Reconoció a Fernando con una indeferencia rayana con la frialdad.

Está bien, ha estado bastante tiempo sin oxígeno, pero con un poco de descanso se repondrá.− Concluyó el médico.

De acuerdo, gracias.− Le dijo Mendoza al doctor sin dejar de mirar a Fernando; Luego añadió.− Gutiérrez, acompañe al doctor.

El guardia subió con el médico y Mendoza volvió a quedarse solo con Fernando. Él ya estaba recostado en la cama y físicamente parecía estar bien, aunque tenía moretones en el cuello y los ojos enrojecidos.

Lo que has hecho no ha estado nada bien.− Comentó Mendoza en voz baja.

Fernando se limitó a observarlo con esa mirada triste que había nacido de su fallido intento de suicidio.

Y no lo vas a volver a hacer.− Sentenció Mendoza.

Fernando, sin poder evitarlo, alzó una ceja y Mendoza al ver su escepticismo preguntó:

¿Necesitas una razón para no intentarlo de nuevo? Te la daré.

Sin hacer más comentarios, Mendoza desapareció del corredor que había frente a la celda, se escucharon sus pasos subiendo por la escalera y en unos pocos minutos volvió con unas carpetas marrones bajo el brazo.

Cógelas.− Dijo con un tono, casi amable.

Fernando se incorporó y se acercó a los barrotes; Cogió las carpetas y se sentó en la cama.

Ábrelas, por favor.

Él obedeció y abrió la primera de las carpetas. Durante unos segundos no entendió nada. En la carpeta pudo ver una ficha de detención de hacía un año, incluía una foto; Se acercó entrecerrando los ojos para distinguir el rostro del hombre que aparecía en ella. Era Isidro, el que fuera contable de los negocios de doña Paquita, entre ellos, Numancia films. Abrió la otra carpeta con manos temblorosas y vio la misma ficha, pero esta vez era la de Juan Villaba, más conocido como Juanito el Grande.

¿Lo entiendes ahora? Ellos fueron detenidos por el mismo motivo por el que tú estás ahora aquí: por trabajar en una empresa que planeó un atentado contra el Generalísimo; si tenemos al cabecilla, ellos no tendrán que venir aquí, pero si nos faltas tú, no me quedará más remedio que ordenar su detención de nuevo y esta vez ningún abogado en el mundo podrá hacer nada por ellos.

Fernando le dedicó a Mendoza una mirada llena de odio y se dio cuenta de que, hiciera lo que hiciera, su detención ponía en peligro a mucha gente.

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*Mañana no voy a tener tiempo de colgarlo, así que...

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