sábado, 14 de noviembre de 2009

Capítulo XIV

CAPÍTULO XIV

La noticia corrió como la pólvora. Las gentes de la Plaza de los Frutos no daban crédito. En el Asturiano, cayó como un jarro de agua fría, un nuevo mazazo para todos aquellos que seguían creyendo en la República, pero que se habían resignado a vivir bajo el poder del yugo y las flechas. Pelayo maldijo a “todos los batracios del Pardo”, Marcelino mantuvo la esperanza de que la noticia fuese falsa, como pasó en otra ocasión, y Manolita le echó una ojeada a la mesa en la que Fernando solía tomar su café, y sabiendo que, como siempre, le tocaba ser la fuerza que sacara adelante a la familia, respiró hondo y le dio una palmada en la espalda a su suegro.

Mientras tanto, en la celda, Fernando pensaba en la reacción de Alicia cuando conociera la noticia. Estaba seguro de que saldría en los periódicos, de hecho ya le habían fotografiado junto a dos guardias civiles, cosa que le extrañó, pues era raro que Mendoza no quisiera apuntarse el éxito. Sería exhibido como un mono de feria, como una muestra del fracaso de los rojos. La idea hacía que le hirviera la sangre: Mirad lo que pasa por intentar cambiar las cosas, mejor, estaos quietecitos.

A pesar de que aún tenía el cuerpo dolorido, decidió que tenía que pensar en cómo iba a afrontar el interrogatorio. No tenía miedo, pues todos aquellos a los que podía delatar ya estaban muertos y, de los hombres que le habían llevado en coche hasta allí, no conocía ni su nombre, pero quería sentirse preparado para lo que le esperaba, no quería derrumbarse durante las torturas que vendrían.

En ese momento, la puerta se abrió con un chirrido y Mendoza apareció llevando un traje marrón que pretendía ser elegante. Miró a Fernando a los ojos y sus labios se curvaron en una sonrisa siniestra.

¿Qué tal estás? ¿Te sientes más cooperador que ayer?− Preguntó con una dulzura que daba escalofríos.

.− Contestó Fernando con sarcasmo.− Has tenido mucha suerte, hoy me siento más inclinado que nunca a ayudar a un régimen fascista.

Mendoza se puso a dar paseos frente a la celda al tiempo que sonreía.

No me he equivocado contigo, los tienes bien puestos… Ya veremos si sigues así de gallito cuando comience el interrogatorio de verdad.

¿Aún no ha empezado? Vaya, no pensé que los fascistas perdierais el tiempo con un rojo de mierda, ni siquiera lo perdéis en plantearos las órdenes que os dan…− Comentó Fernando despreocupadamente, intentando provocar de nuevo las iras de Mendoza.

Ah, pero es que no estoy perdiendo el tiempo.− Contestó Mendoza abriendo mucho los ojos, y utilizando un tono propio de un maestro que explica un problema de matemáticas a un niño.− Estoy haciendo un sondeo, para ver si puedo ahorrar energías y sacar algo de ti sin tener que recurrir a… otros métodos.

¿Qué te hace pensar que voy a querer ayudarte?− Inquirió Fernando, que, de repente, tuvo la certeza de que Mendoza aún tenía un as guardado en la manga.

¿Querer ayudarme? No, ni siquiera necesito que quieras ayudarme. Tú sabes que yo no soy de los vuestros, pero nadie más lo sabe. Otro camarada suicida, como tú, podría tener la errónea impresión de que puede cazarme y terminará como tú. ¿Lo entiendes ahora, Fernando? No eres una presa, eres un cebo.− Contestó Mendoza.

Fernando sintió que el mundo se le caía encima.

Los periódicos… Son un llamamiento, pretendes cazar a los que reaccionen ante mi encarcelamiento y a los que intenten ayudarme.− Dijo Fernando mirando a Mendoza con horror.

Veo que has comprendido la situación.− Comentó Mendoza, satisfecho, mientras asentía con la cabeza.

Se dirigió hacia la puerta y cuando estaba a punto de salir, se dio la vuelta hacia Fernando y dijo:

Simplemente quería que supieras que las muertes que vengan, son sólo culpa tuya… Incluida la de nuestro amigo común, Juan.− Dijo Mendoza sin perder la sonrisa, acto seguido salió y cerró la puerta.

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