viernes, 30 de octubre de 2009

Capítulo XII

CAPÍTULO XII

Fernando oyó los gritos de Juan durante todo el día. Cuando ya estaba a punto de anochecer los gritos se apagaron y Mendoza apareció por la puerta que daba acceso al pasillo del calabozo; al parecer, este había tenido tiempo de pasarse por su casa, pues ahora lucía un aspecto muy distinto. Llevaba un traje azul marino, una corbata granate, tenía el pelo engominado y se había afeitado.

Buenas noches.

Fernando no respondió y no dio muestras de haber notado siquiera su presencia.

¿Te acuerdas de mí?− Preguntó agachando la cabeza hasta bajarla al nivel de la de Fernando, que permanecía sentado.− Porque yo no me he olvidado de ti. Aunque he pasado el día ocupándome de nuestro amigo común, la verdad es que no es nada razonable.

Mientras decía esto, sacó un pañuelo ensangrentado del bolsillo, seguramente el que había usado para limpiarse tras golpear a Juan.

Hijo de puta ¿qué le has hecho?− Preguntó Fernando, levantándose de golpe y agarrando los barrotes.

Ni la mitad de lo que te voy a hacer a ti.− Replicó Mendoza con voz de acero; Tras una pausa, añadió.− Y si vuelves a mentar a mi madre en esos términos acabarás rogándome que te mate ¿queda claro?

Fernando se dio la vuelta, ignorando a Mendoza, volvió a sentarse y sonrió, no imaginaba que el enlace que había llevado a la muerte a tantos de sus camaradas fuese tan sensible hacia ese tipo de insultos.

¿Estás sonriendo? ¡¿Estás sonriendo!?− Chilló Mendoza que parecía fuera de sí.

Fernando comenzó a reírse. Aunque en su interior la esperanza ya se había apagado, no podía evitar sentir cierto orgullo al haber “herido” los sentimientos de aquella bestia.

Mendoza se abalanzó sobre la puerta de la celda, la abrió, entró y sin que a Fernando le diera tiempo a reaccionar, le propinó una patada en la cara. Fernando que estaba sentado en el mugriento colchón de la celda, cayó al suelo, donde Mendoza siguió golpeándolo a placer. La ira de Mendoza sólo se aplacó cuando Fernando perdió el conocimiento. Se quedó unos segundos observándolo con una expresión llena de desprecio, le escupió y se fue dejándolo en el suelo de la celda.

Pero Fernando ya estaba muy lejos de allí… para su asombro llevaba un traje negro con raya diplomática y estaba caminando por una elegante calle empedrada. Miró a su alrededor, conocía esa calle. Se preguntó cómo demonios había logrado escapar de Mendoza. Tenía la sensación de que se estaba olvidando de algo, como si llegara tarde a algún sitio.

En una calle paralela, Alicia Peña caminaba despacio, mirando al suelo, absorta en sus pensamientos. Llevaba el mismo vestido que se había puesto la noche del estreno de la película de Numancia Films. Sentía un hormigueo de emoción en el estómago, igual que aquella noche. Giró a la izquierda y a lo lejos vio la silueta de un hombre.

El corazón le dio un vuelco. Allí estaba ella: bella, luminosa, libre. “¿Cómo puede ser? Hace un momento Mendoza me estaba dando una paliza y ahora Se acercó a ella, nervioso, y cuando ambos estaban a un metro de distancia descubrieron que estaban ante la puerta del Morocco. Se miraron a los ojos durante unos segundos y ambos entraron en el Morocco sin dejar de mirarse.

Alicia se sorprendió al ver la coctelería vacía, como si la hubiesen reservado especialmente para su encuentro. Al llegar a la zona de las mesas pudo oír una débil melodía y tras escuchar los primeros acordes pudo adivinar de qué canción se trataba. ¿Cuántas veces la habría cantado en su niñez? Lo cierto es que era una música muy adecuada para ese momento.

¿Bailas?− Pregunto Fernando.

Alicia sonrió y le tendió la mano. Comenzaron a bailar muy juntos.

Cuando estoy contigo es como si estuviera en una película. Todo es mucho más intenso, de otro color.− Dijo Alicia.

Ya me dijiste eso una vez.

¿Sí?

Fernando sonrió, feliz de volver a estar con ella.

Sí, me lo dijiste, palabra por palabra, y también estábamos bailando.

Continuaron bailando en silencio, al son de A la claire fontaine. Al cabo de un rato, Alicia preguntó:

¿Qué haces aquí?

No lo sé.− Contestó Fernando negando con la cabeza.

¿Por qué no estás en Francia?

Volví a España por una misión, pero no ha ido bien, me han detenido.− No entendía porque le contaba todo aquello a Alicia, pero las palabras fluían, como si hubiese un guión al cual fuese imposible rebelarse.

¿Qué?− Preguntó Alicia pensando que no había oído bien.

De pronto la perfecta felicidad se hizo trizas. Dos policías entraron por la puerta y agarraron a Fernando, alejándole de Alicia que tiraba de su mano aterrada. Fernando por el contrario parecía resignado y sereno. Miró a Alicia y le dijo lo único que podía decirle para liberarla:

Sé feliz. Intenta olvidarme.

Los policías le sacaron por la puerta y Alicia se quedó paralizada, quería correr tras él y salvarle, pero sólo atinó a contestar a la petición de Fernando:

Hace mucho tiempo que te quiero, nunca te olvidaré.[1]

Alicia sintió como el sudor resbalaba por su nuca. Tiritaba, pero no de frío, sino de pánico, de angustia. En ese momento se despertó y se incorporó, pestañeó y miró a Álvaro que dormía a su lado con expresión serena. Entonces comprendió: Seguía en la habitación, nada había sido real.

Mientras tanto Fernando comenzó a sentir dolor por todo el cuerpo, de repente no veía nada, ni el Morocco ni la calle ni siquiera a los policías que seguían sujetándolo y zarandeándolo. Entonces notó el contacto de su cabeza contra el suelo y se dio cuenta de que tenía los ojos cerrados. Cuando los abrió descubrió que seguía en aquella fría celda y que la persona que lo zarandeaba no era otro que el despreciable Mendoza.



[1] Traducción del estribillo (Il y a longtemps que je t'aime, jamais je ne t'oublierai) de la canción A la claire fontaine.

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