viernes, 23 de octubre de 2009

Capítulo XI

CAPÍTULO XI

Fernando se despertó algo antes de que despuntara el alba. Tenía la espalda dolorida a causa de la posición que había adoptado durante la noche en las rocas. Además sentía el estómago vacío, pues lo último que había tomado era un café, estando aún en París, y sus tripas comenzaban a reclamar alimento. Aún así Fernando abandonó la idea de buscar algo de comida y comenzó a dar vueltas por los alrededores. A la hora comenzó a inquietarse “¿No se suponía que iba estar aquí al alba?” Algo no iba bien.

¿Es normal que se retrase?− Preguntó Fernando a uno de los maquis que había allí.

No, suele estar aquí nada más amanecer…− Contestó el maqui que parecía tan preocupado como Fernando.

¡Joder! ¿Y si lo han cogido a él también?− Dijo Miguel expresando el temor general.

¿Qué hacéis si se retrasa un enlace?− Preguntó Fernando pensando que seguramente ellos tenían un protocolo para ese tipo de situaciones.

Irnos.− Contestó lacónicamente Juan que tenía la vista fija en el horizonte.

¿Y a qué esperamos?− Inquirió Fernando.

A que os cacen, supongo.− Contestó una voz entre los árboles.

Varios maquis se dieron la vuelta y apuntaron hacia el lugar del que venía la voz, pero los que estaban ocultos fueron más rápidos. Se oyeron cinco disparos, tres de ellos no dieron en el blanco, pero dos impactaron en el tórax de uno de los maquis. Decenas de guardias civiles comenzaron a surgir de todas partes y en pocos segundos se vieron rodeados y desarmados.

Ahora, quietos, no hagáis ninguna heroicidad que no os va a servir de nada.− Ordenó un hombre con una voz suave que denotaba astucia.− Levántate, por favor; Ese ya no va a luchar por ninguna causa.− dijo, dirigiéndose a Fernando, que se había agachado para ver si el maqui herido seguía vivo o no.

Fernando se levantó y miró detenidamente al que parecía ser el jefe de aquella operación. Era un hombre de baja estatura, delgado y de rostro vulgar, tenía unos ojillos pequeños y maliciosos y lucía barba de varios días. Llevaba pantalones de pana de color marrón, una chaqueta de lana y una gorra negra; no se distinguía de los maquis que estaban junto a Fernando, salvo por su expresión de triunfo.

¡Tú! Mendoza.− Dijo Juan que temblaba de pura rabia.

Fernando cayó por fin en la cuenta: el topo era el enlace, el enlace era el topo. Se sintió estúpido por no haberse dado cuenta de que sólo un enlace podría delatar a tanta gente.

Sí, ya ves, yo esperaba que os dierais cuenta un poco antes, pero os sobreestimé Si hasta habéis enviado a vuestro mejor agente para cazarme y mírale ahora, derrotado. Recién llegado de Francia y directo a mis brazos. No me lo podrías haber puesto más fácil, Fernando Solís ¿o debería llamarte Fernando Rosales?

Fernando no dijo nada, se limitó a mirarlo con desprecio.

¡¡Sólo sabéis ganar con la mentira!! − Gritó un maqui con furia.

En ese momento, sin mediar palabra, Mendoza sacó un revólver del pantalón y disparó al maqui que había gritado. La bala le dio de lleno en la cara y cuando el hombre cayó al suelo, su rostro no era más que un cráter de sangre y huesos.

Fernando hizo ademán de echarse encima de Mendoza, pero dos guardias civiles le agarraron por los brazos y evitaron el ataque.

¡¿A mí no me disparas, maldito traidor?! ¿A mí no?− Exclamó Fernando loco de ira.

Mendoza soltó una carcajada.

Eso te gustaría ¿no? ¿Morir por tu causa? La verdad, Fernando es que no te entiendo, perdona, te puedo tutear ¿no?

Fernando le miró con una expresión de intenso odio. Mendoza hizo una mueca, se encogió de hombros y siguió hablando. Daba la impresión de que se recreaba al oír su voz.

Como te decía, no te entiendo. Sales de España de milagro después de intentar asesinar al Generalísimo y ahora vuelves aquí… ¿Por qué? ¿Por cuatro mierdas que acaban en una cuneta?

¿Cuatro mierdas? ¿Te refieres a tus amigos?− Contestó Fernando señalando con la barbilla al grupo de guardias civiles.

Uno de ellos se acercó y apuntó a Fernando con el rifle, pero Mendoza hizo un leve movimiento con la mano y el guardia civil retrocedió.

Tienes agallas, lo reconozco, por eso te vas a venir conmigo. Es un honor, no te vayas a pensar, yo nunca hablo con cobardes.− Se dio la vuelta e informó a uno de los guardias civiles.− Estos dos se vienen conmigo.− Sentenció mientras señalaba a Juan y a Fernando; de pronto sus ojos brillaron con malignidad y añadió.− El resto se queda aquí.

¡No! − Aulló Juan al conocer el destino de sus compañeros.

No estés triste por ellos, Juan.− Dijo Mendoza con un tono casi paternal.− Créeme, dentro de poco envidiarás a tus camaradas, lo suyo al menos será breve.− Entonces se volvió a los guardias civiles.− Vosotros dos, llevad a estos al coche, luego volvéis a ayudar aquí, que habrá mucho que limpiar.

Los verdugos comenzaron a reír con aquella broma perversa y Juan empezó a proferir insultos que no hicieron sino animar a Mendoza, que estaba exultante. Fernando en cambio estaba callado y pensaba: “Les da órdenes ¿Por qué les da órdenes? Si es un simple desertor De pronto Fernando comprendió: No se trataba de un traidor, sino de un infiltrado.

Antes de llegar al coche, oyeron una oleada de disparos. Juan parecía estar a punto de llorar y Fernando se había quedado pálido. En ese momento volvió a su mente Roberto Esquivel, otro camarada caído. A veces no soportaba ser un superviviente. Él llevaba tiempo envidiando a los que estaban ahora mismo siendo enterrados. Tal vez eso fue lo que le empujó a embarcarse en una misión tan arriesgada como era la que acababa de fracasar. Fernando pensó que, al menos, esta vez la derrota no se había hecho esperar un año entero, como pasó en la productora.

Por fin llegaron al coche, les metieron en la parte trasera a empujones. Oía la voz de Mendoza soltando una perorata, pero no le escuchaba, Juan lloraba en silencio por sus compañeros. Para cuando llegaron a Madrid, Fernando ya sabía que les iban a matar.

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