miércoles, 30 de septiembre de 2009

Capítulo VII

CAPÍTULO VII

El júbilo estalló en la camioneta al poco de perder de vista a la pareja de guardias civiles. El conductor, haciendo gala de una sorprendente efusividad, sonrió de oreja a oreja y le tendió la mano a Fernando por encima del volante. Fernando la estrechó con fuerza, mientras decía:

Lo logramos, camarada.

Si te digo la verdad, no las tenía todas conmigo.− admitió el conductor.

Bueno, pero ya ha pasado, hemos logrado cruzar. Ahora sigue mis indicaciones. Llegaremos a un bosque y ese será el final de tu viaje… que no del mío.− Añadió con un suspiro.

¿A partir de ahí continuarás solo?− Inquirió el conductor sorprendido; desde que habían cruzado la frontera se mostraba más locuaz.

Tuerce por ahí.− Indicó Fernando.− Sí, cuando lleguemos a ese bosque cada uno seguirá por su camino.

Y ¿falta mucho para llegar?− Preguntó el hombrecillo, con un deje lastimero en la voz.

¿Acabas de conocerme y ya quieres perderme de vista? Vaya, y pensar que tú me habías caído simpático.− Soltó Fernando con un tono sarcástico.

No estoy acostumbrado a este tipo de misiones, yo suelo hacer cosas más… más sencillitas.− Contestó el conductor a modo de disculpa.

No te lo echo en cara, hombre.− Dijo Fernando, dándole una palmada en el hombro.− Pues supongo que faltan varias horas, pero ya no habrá que preocuparse, no tú, al menos; si hemos logrado pasar la frontera, no tendríamos porqué tener problemas en otros controles. Además, iremos por zonas más seguras.

De acuerdo.− Contestó el conductor.

Desde luego no le había hecho demasiada gracia saber que todavía faltaban varias horas para dejar a Fernando en el bosque, pero parecía más tranquilo al saber que lo difícil ya lo habían superado.

Mientras tanto, en un portal de Madrid, Alicia trataba por todos los medios de borrarse los rastros de lágrimas antes de subir a casa, frotándose la cara con el borde del camisón. Temía que Álvaro o Pedrito se hubiesen despertado y no quería contestar preguntas incómodas (con respuestas dolorosas) como “¿Por qué lloras?”, de modo que subió los peldaños de la escalera en silencio, casi aguantando la respiración.

Cuando llegó al rellano, caminó con más sigilo aún. Se paró frente a la puerta entreabierta y tomó aire antes de cruzar el umbral. La casa estaba en penumbra y Alicia sólo podía imaginar la ubicación de los muebles; tanteando giró a la derecha, hacia el dormitorio y de pronto oyó una voz a su espalda:

¿Qué hacías?

Era Álvaro.

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